El otro día me puse a pintar un abstracto, de esos día que tenía que resolverlo por la mañana, y como todo era muy problemático ese fin de semana me relajé y me puse a escuchar una música de jazz que no había descubierto, y es una música maravillosa y nueva para mi. Recuerdo que pensé en no ver el cuadro que hice detrás de mi, quería verlo cuando pasara el sol, en el ocaso para darme cuenta de lo que soy, de lo que pinte y después de algunas horas de espera mientras estaba bebiendo vino tinto y escuchando esa música maravillosa giré la cabeza para mirar el cuadro que había hecho y me sentí yo mismo, pero desde una perspectiva distinta. Dicen que el arte es uno mismo, yo piendo que el arte refleja de manera exacta quien es quien, porque es un reflejo de lo que se es, un reflejo del interior y del alma de cada uno. Pero la luz de la naturaleza, del sol en cada una de sus posturas hace que el arte cobre sentido. Y como todas las cosas de la naturaleza, son inexplicables. A veces creo que la luz del sol no sólo es luz sino es tiempo, historia, dimensiones diferentes, sentimientos y emociones auténticas. Cada hora tiene una vida, una profundidad y fantasias infinitas que no nos damos cuenta porque son tan sutiles debido a que se entrelazan de manera perfecta y se viven sin sentir. Cada día tiene dentro de sí mismo enseñanzas distintas, el sol es pura enseñanza en cada uno de sus días diferentes, y cada hora que pasa es distinta a las otras, no sólo con su propia luz, que eso sería lo más superfiacial, sino con una sabiduría de Dios absolutamente sabía y distinta, la sensación es muy distinta cuando se pinta por la mañana a cuando se pinta al atardecer, es mejor pintar por la mañana.
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